El Rockero de Myra

Portada del Piano de América 2, de Raul Di Blassio. © BMG – 1994

Desde siempre fui más o menos afín a la música. Sin embargo, cuando por fin pude acceder a un personal estéreo fue una revolución para mí. En la época de séptimo y octavo básico (años 1994-1995) empecé a oír música de mi gusto en cintas que reproducía en el tocacintas. Mis favoritos eran los casetes de Raúl di Blasio, sobre todo el Piano de América. Además, me atraía la música de la teleserie Ámame del canal Televisión Nacional. En la casa contábamos con la cinta y me fascinaba escuchar el remix de Happy Children, subtitulado «Technoedit Unscratched». Y además ocupaba la función de radio para oír FM y escuchaba partidos de futbol. Oía los partidos de mi equipo Colo-colo, pero además los de Universidad de Chile porque era el equipo que mejor jugaba en ese entonces. Mi equipo albo no estaba pasando un gran momento, pero era cuestión de tiempo. En todo caso, escuchar la transmisión deportiva, con los informadores de cancha, el relator y las frases de los auspicios era deslumbrante.

Pantalla del programa Bakania en Chilevisión. © Chilevisión 1999.

Luego vino el la época de Bakania, el animé y Smack Games, ETC…TV, la PlayStation 1 y las luchas de WWE (en esa etapa, WWF). Más aún, por esos años empezaba a sonar el rapmetal con Korn y Limp Bizkit. Y un poco más adelante empezó mi visualización -a futuro- como un artista musical. Soñaba con ser un artista musical consagrado mientras escuchaba el retorno de Los Prisioneros, además de Linkin Park, Incubus y otras bandas. En las radios pasaban My Chemical Romance, Panda, Gufi, Tronic, Simple Plan, The Offspring y otras bandas. Todas ellas me hacían soñar con ser rockero cuando iba y venía en esos largos viajes al trabajo. Además escuchaba los clásicos del rock’n roll en Radio Futuro, con Pirincho Cárcamo y Rolando Ramos. Me visualizaba como un rockero atrevido, con ademanes pesados y siempre de cara al público, involucrándolo en escena. Camisa escocesa, jeans y botas militares. Demostraba autoridad en el escenario, y el público gozaba conmigo. Así era el yo de mis sueños.

Captura de pantalla de una captura de video de la transmisión de Animax del 2008 subido a Youtube.
https://www.youtube.com/watch?v=Ve-e-AbCis0&t=844s
© Animax. 2008

El advenimiento de lo otaku a mi vida vendría desde el 2008. Volví a mi antigua casa de Población Dávila y en el servicio de televisión por cable estaba Animax, entre sus canales. Esta televisora ya estaba en su penúltima etapa, cuando aún pasaban animé -y antes que nos enchufaran live actions y shows como Distraction. Y prestaba atención a la música de entrada y salida de las series de animé. De hecho, busqué como descargarme esos temas para llevarlos en mi mp3. Ya antes había nacido mi gusto por las convenciones, buscando siempre una identidad, algo en lo que reconocerme. Y empecé a enganchar con la música de animé. Luego, ese enganche me trajo una inquietud: ¿Cómo podría «mejorar» esta música con mi experiencia? Y es que por mi «juvenil soberbia», pensaba que las composiciones japonesas no eran lo suficientemente buenas y quería mejorarlas. Era muchacho aún. Pero tratando de responder esa pregunta, empecé con mis primeras composiciones y entré el 2008 a estudiar Producción Musical en la Universidad de Inacap («Tecnológica de Chile»). Duré un año.

La foto es del evento Nasaru Sakuhin Six Mix en Las Condes, en el Centro Padre Hurtado. Año 2011. Fue mi primer evento como público. © Nasaru Sakuhin – Arimakui – 2011

En el 2011 me volvió el interés del animé. Acudí a pequeñas y grandes convenciones geek y y disfrutaba del ambiente cada vez más. A partir de ahí, creció mi interés por presentarme en los escenarios. Primero me había visualizado como músico o guitarrista, acompañando a otros anisingers conocidos. Pero fue mi charla con Christópeles Lee lo que cambió mi rumbo. Ya no sería acompañante de protagonistas. Sería el protagonista. Quería ser la estrella invitada en el escenario, el rockstar. Pero mi deseo por ser artista requería -en mi opinión- de una narrativa que sirviera de fondo para entrar en el mundo de fantasía que eran los eventos de animé. Y ahí recurrí a mis recuerdos del 2000. La época en que quería ser rockero.

De a poco empecé a construir mi personaje. Me preguntaba de que modo podía caracterizarme de anisinger si las cantantes más populares -Lissette Chan e Iris- salían con estilo «lolita». Yo no saldría como lolita. Era varón, y por lo tanto, deseaba algo que no me avergonzara. Algo que fuese viril, rebelde, pero para la escena del anisong. Miré hacia mi pasado, hacia mis viajes eternos a trabajar ¿Cómo era que me visualizaba? Militaba la música. Era arrojado, o quería plasmar en el escenario. Siempre de frente, siempre al ataque, sin esconder el arte. Interpretaba a un rockero que venía de un país lejano (imaginario) llamado Myra, que vagaba por ahí de evento en evento, con el fin de sobrevivir y mostrar al público lo que era capaz de hacer, pese a su apariencia rara. Era buena gente este personaje, pero en escena era implacable. Técnica insuperable, buenos temas, pero sobre todo, arrojo y pasión.

Mis uniformes de presentación. El principal es el blusón negro con los detalles y parches púrpuras. El de recambio es el blusón siena con los detalles en siena y negro. Y en su reverso, un Shen-Long pintado a mano.

Por eso, me atavié con una chaqueta de combate reciclada, color siena, heredada de mi sobrino, a la que le pegué unos parches otakus. Además, incorporé un pantalón cargo negro por el tiempo en que soñaba con el escenario. Y compré un par de botines de combate negro, de esos que usan los conscriptos del servicio militar, en el mercado Persa Víctor Manuel. Quedaba en el Barrio Franklin de Santiago de Chile. Luego con el tiempo añadí un blusón de combate alemán adquirido en el mismo mercado. Ese lo mandé teñir negro en un lavaseco. Compré dos quepís, negro uno y siena el otro, para complementar la tenida. La misma la completé con dos pares de guantes tácticos, de los mismos colores, para no desentonar. Con el tiempo, incorporé los parches de diseño propio, encargados a Reno Bordados. Y saldría a cantar con el añadido de pintura táctica sobre mis mejillas. Me revestí del sueño para salir a escena. El personaje del anisinger arrojado había nacido.

Desde ahí, me presenté en eventos de animé de 2016 con esa caracterización. Me hice reconocible por parte del público asistente y creo que ese es mi legado más importante en esa etapa artística. No era muy popular, pero si era inconfundible. Tenía mi sello y mi estilo. Era el Rockero de Myra, el anisinger comando, y eso era suficiente.

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