La prehistoria de Ciro Noor

Bienvenidos a la saga «Inauguración», donde recuerdo mis inicios como anisinger.
Este es su primer episodio. Disfrútenlo.

Escribo esto a horas de conmemorar los primeros 3 años del proyecto Ciro Noor. La verdad, más que armar bochinche con un carrete, lo que quiero es reflexionar respecto de lo vivido. Y quiero empezar recordando que era antes de ser Ciro.

Nací el 27 de Marzo de 1982 en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. Entre 3 hermanos (más los sobrinos que vendrían a ser como hermanos) mi mamá y mi papá, yo me las arreglé desde pequeño para buscar mi propia individualidad en medio de sus influencias. Me fui inclinando por la creación y la disciplina pues mi mamá es una improvisadora genial. Mi mamá me instruyó siempre a interesarme en los estudios, y mi papá se hizo cargo de un negocio de videojuegos cerca de mi casa, en Población Dávila. Entonces me crie con una inclinación hacia el conocimiento y una atracción respecto del entretenimiento electrónico. El humor de sarcasmo y el gusto por los videojuegos fue por mi papá, que tenía una confitería con máquinas de arcade. Mis hermanos aportaron con el gusto por el rock y música más melódica, el fútbol y los autitos. Por esa época, disfrutaba con mis autitos de juguete, jugando en la tierra o en la vereda frente a la casa. Era la etapa donde lo más moderno que teníamos en las calles era el semáforo de Petrohue con Avenida La Feria (actual Clotario Blest). Y por eso, infantilmente me enorgullecía de ese semáforo, porque era lo que me decía que pese a no estar frente a las cámaras de la tele, importábamos.

Veía algo de televisión, más los programas infantiles y dibujos animados, pero también veía algo de programación normal como noticias, estelares, y a ratos telenovelas. No ponía mucha atención a nada salvo los estelares, los programas de concurso, los de humor, los programas infantiles y los dibujos animados. Y a pesar de eso, me aburría rápido si no encontraba algún atractivo. Mi enganche favorito a la programación eran las sintonías de los programas o la música que contenían. Y por eso recuerdo algún trozo de sintonía de mi infancia. Gracias a los posteriores avances tecnológicos, pude actualizar mi conocimiento. Por ejemplo, con la sintonía de Espartaco y el Sol bajo el Mar. Y la de Robotech (si sé que se llama Macross, no hinchen). Empezaba a conocer el animé clásico. Entre mis entretenimientos estaba Pipiripao, Cachureos, el Profesor Rossa, Déjelos con Nosotros y, era que no, Sábado Gigante. Además de las mañanas de dibujos animados.

En algunas ocasiones, acudía al negocio de mi papá. Él tenía una confitería en la misma Población, y el negocio además tenía unas máquinas de videojuegos arcade en las que me gustaba divertirme. Entre mis juegos favoritos estaban el Ms. Pac-man, Lady Bug, Exerion, Section Z y Moon Patrol. Desde ahí desarrollé mi gusto por los videojuegos, sobre todo si tenían un componente de acción, colorido, brillo, una música atrayente pese a lo básica y podía controlar rápidamente los movimientos con el bastón. Conocería muchos más en mi vida, pero aquí empezó esta parte de mi geekeria.

Luego, llegó a casa el computador Atari, que mi hermana mayor compró para la casa. Era el modelo 800XL, estrenado el año 1983, cinco años atrás. Fue una revelación, pues lo ocupábamos para jugar y hacía las tardes muy disfrutables. Recuerdo que el juego favorito de mi mamá era Frogger, el juego de la Rana, y era entretenido manejar la ranita con el joystick en medio de los autos y los troncos del río. Jugamos muchos juegos de Atari, y a la vuelta del colegio era un lindo disfrute. Tantos juegos que disfruté como Mario Bros., Boulder Dash, Donkey Kong, Salmon Run, Pitfall y River Raid. Por nombrar algunos.

Los años de colegio me fueron mostrando las bondades del estudio, la naturaleza y la curiosidad, aún despertando tardíamente mi instinto gregario (se pensaba que yo era antisocial). Quería saberlo todo, averiguarlo todo… aunque no supiera hacer nada. Ni cocer huevos, ni fideos, ni planchar. Todo eso tuve que aprenderlo sobre la marcha. Pero me serviría para el futuro, para mi independencia o lo que sea.

Con el correr del tiempo, todo eso fue matizado por Sagitario Espacial, La Rana Valiente, VideoPower y los nuevos Computadores Multimedia. Nuevos para esos años. Me animaban las historias que me mostraban superación y éxito en la insistencia, pese a las dificultades. O las historias que tuvieran un elemento curioso. De los videojuegos, me encanté con los plataformeros. ¿Uno en especial? Commander Keen.

Más tarde, segunda mitad de os 90’s, llegaron Los SuperCampeones, Dragon Ball, el Club de los Tigritos, la WWE, ETC TV y de repente mi universo se había ampliado demasiado. Formaron parte de la banda sonora donde empezaron mis vivencias de bullying, amistades, mis primeras fiestas y recuerdos de tantos lugares y personas que extraño. Junto con Hugo, mi gusto por el fútbol y ver a la Selección Chilena, me maravillé con Warcraft y Starcraft, mientras me empezaba a pasar la cuenta el hecho de que me costara socializar. Fue en una circunstancia difícil para mi -una peritonitis- que conocí lo maravillosa que podía ser la gente. Y me encantó sentir eso. Eran los años de Radio Nina y las grabaciones en cassette de temas salseros, y ocupar otros cassettes para jugar a la radio con la Naty y Gabriel.

Inicios de los 2000. Korn, Bakania, Mikami y las acrobacias de Sammo Hung y Kelly Hu en Ley Marcial, acompañaron mis días de búsqueda constante y casi desesperada de una vocación y sentido a mi vida. Además, la escucha de Resident Hit por primera vez me harían conocer el universo otaku, del cual me encanté, a tal punto que me llevarían a tomar clases de Karate para conocer algo más la cultura japonesa (Karate viene de Okinawa). Tronic, Gufi, BloodHound Gang y el punk melódico, junto con la escucha casi intensiva de la Futuro dejaron su marca en mí.

Luego, llegaría la persecución de mi sueño musical, por allá por el 2008. Ingresé a la Universidad para estudiar Producción Musical. Mi vida fue aderezada con la banda sonora de Love Hina -el ending de Megumi Hayashibara incluido- Steel Angel Kurumi, Animax en sus últimos años y Toonami en Cartoon Network. En esa época volví a mi casa de infancia, en la Población Dávila, reencontrándome con mis sueños de infancia, aquellos donde era el héroe y la estrella. Sin embargo, el sueño tropezó producto de mi agotamiento al tratar de compatibilizar trabajo y estudio.

Pese a eso, no cesé mis plegarias: aún quería saber cual era el sentido de mi vida. Deseaba una guía sobre la dirección que debía tomar.

En la década del 2010 me nació el gusto por lo geek, lo ñoño, y friki y lo otaku. Esto quizá como consecuencia de todas mis experiencias anteriores.

Luego, desde el año 2011, surgió la inquietud sobre lo otaku. Quería sentir esa atracción, sentir ese misterio sobre lo geek. Descorrer el velo. Por lo tanto, empecé a frecuentar eventos otakus y geeks, y el primero fue el Nasaru Sakuhin Six Mix del 2011 en Las Condes. Luego, descubrí que mis amigos Naty y Miguel también vivían la geekeria, ergo me recomendaron ir a la primera Comic Con Chile. Y ahí descubrí el Café Comics, un café para geeks.

De hecho, el primer lugar geek que frecuenté fué el Café Comics, primero en su local de El Patio, y luego a su nueva ubicación, en Manuel Montt con Granaderos. Los conocí junto con Max, Celeste, Allison, Tita y Paula en la primera ComicCon Chile. Disfrutaba esas tardes de ñoñez y geekeria, con buen café o té, dulcesitos e incluso almuerzos. Tardes enteras de cómics, conversaciones ñoñas, cine geek, Friends, The Big Bang Theory, y la amistad de mi gente del Café. Fue un reencuentro tremendo, con Celeste, Paula, y más aún con mi otra amiga, Camila, la Nekucha, garzona del café, e influencia para mi, con sus podcast en Radio x Hunter Chile (La Srta. Juliet por la noche), su buena dosis de historias sobre el ser maid de café -ella lo fue- y las noticias de moda sobre la geekeria y los juegos de rol.

Me enfoqué en los video juegos, el animé, los cómics y todo lo que me permitiece ampliar mis conocimientos sobre mi propia ñoñez. Pasaba gran parte de mis tardes en Café Comics, junto con Celeste, Max y grandes amigos. Pensé que era solo por la geekeria, pero en realidad necesitaba conocerme a mi, y me sentía bastante cómodo con la ñoñez y todo eso.

Sin embargo, la música seguía haciendo mella en mis inquietudes, hasta que me cuestioné seriamente presentar un espectáculo de J-Music, o ser parte de uno. Al mismo tiempo, adquirí gusto por los podcast ñoños (sobre todo de videojuegos) como ‘Del bit a la orquesta’, ‘Gamercafé’, ‘Asilo Retro’ y ‘El Podcast sin hogar’. Y fue ahí, escuchando «Edge of Soul» de Suzi Kim (tema de un videojuego, oído en el podcast «Del Bit a la Orquesta» por el 2014) que surgió la pregunta: ¿Y si soy yo el espectáculo?

Al menos, ya me sonaba Ciro Noor como seudónimo.
Me parecía interesante, pero ¿en qué lo emplearía?

Ciro Picapiedra
A propósito de Ciro Noor y Prehistoria, decidí dibujarme a mi mismo en estilo Picapiedras (algo así como un Ci-Roco Noor). Y les comparto mi resultado. No sé Usted, pero yo quedé contento con el resultado. A veces tengo estas ideas, y no me contengo.

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